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Al rescate de las araucarias

<P>Al rescate de las araucarias</P>Científicos trabajan en su conservación genética en Nahuelbuta
Se emplazan en tres zonas fundamentales de la geografía de la Novena Región, pero es en una de ellas -la zona sur de la Cordillera de Nahuelbuta- donde la especie adquiere características únicas y donde tiene sus principales problemas de conservación. Expertos de la Universidad de Concepción trabajan para torcer su inexorable destino.
El 97% del total de su población tapiza de bosque siempre verde la zona andina de la Novena Región. El resto de su singular y altiva belleza se reparte en dos zonas de la Cordillera de Nahuelbuta. Sin embargo, es en la zona sur de este cordón montañoso costero y a los pies de un pequeño villorio donde las araucarias llevan a cabo su principal batalla contra el deterioro y la extinción.

Para su fortuna no están solas en esta cruzada. Un grupo de académicos de la Universidad de Concepción -encabezado por el Dr. Cristián Echeverría- trabaja hace más de 10 años en Villa Las Araucarias para preservar la diversidad genética de una especie declarada monumento natural de Chile en 1990 y que en esta zona costera adquiere características particulares que la hacen única. Primero, porque se presume que hace unos mil años atrás este sector fue un refugio glaciar que estuvo aislado del resto de la biodiversidad que habitó la cordillera de la Costa, lo que otorgó características genéticas distintas a esta singular conífera. Segundo, porque crece a unos 600 metros sobre el nivel del mar (la de los Andes crece sobre los 900 m. y sus hermanas de la zona norte de Nahuelbuta, a 800 m.).

 

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La mano del hombre

Justamente el hecho de crecer a baja altura es lo que tiene a este grupo de araucarias en peligro: quedó al alcance del hombre, que la explotó en forma irracional para dar paso a la agricultura y la ganadería. En 50 años, la superficie ocupada por esta araucaria pasó de mil a sólo 50 hectáreas, que son las que hoy intenta recuperar desde 1999 este grupo de científicos.

Cristián Echeverría, doctor y académico de la Facultad de Ciencias Forestales de la Universidad de Concepción, explica a La Nación que la zona de investigación, ubicada a 80 kilómetros de Temuco, está en manos de privados y que para lograr la restauración han debido hacer frente a las múltiples amenazas: el fuerte nivel de degradación ocasionado por el daño del fuego, el constante cambio de suelo para uso de agricultura, ganadería e introducción de plantaciones exóticas y la extracción inadecuada de los frutos del árbol. “Mucha gente saca los piñones apaleando las ramas y a escopetazos, hiriendo a los árboles hembra e impidiendo que vuelvan a reproducirse. Por eso, una de nuestras tareas es educar a la población para que entienda el valor de preservar esta especie, trabajando en las escuelas de la zona con los niños en esos valores. Hay malas prácticas que hay que erradicar cuando se cosechan los piñones”, dice el académico.

Los fondos obtenidos por Echeverría fueron conseguidos en Inglaterra, país donde estudió y donde la araucaria es un árbol muy conocido debido a que la reina Victoria -alrededor del año 1800- promovió el estilo de plantar araucarias en todos los castillos del país. “Ese antecedente nos permitió reunir fondos ingleses para desarrollar proyectos de conservación de araucarias en Chile entre 2006 y 2007”, dice.

Recuperación

Los privados dueños de los predios donde crecen las araucarias se han comprometido con el equipo de científicos a no tocarlas, a cercar las zonas para que no ingrese ganado al bosque y a permitir que las araucarias que crecen en invernadero producto del esfuerzo científico sean plantadas en la misma zona. Un trabajo metódico y paciente. “Lo que hacemos es colectar semillas (piñones) en época de cosecha -entre marzo y abril- las que almacenamos en bolsas plásticas en cámaras de frío. Los mejores niveles de geminación se logran con semillas pretratadas con frío”, dice el experto.

Entre julio y agosto las semillas son plantadas en bolsas negras con sustrato donde son criadas por dos años en un invernadero. Cuando cumplen el tiempo suficiente, son llevadas al mismo lugar donde se recolectaron y son plantadas para que se unan al bosque.

Desde 1999 el grupo de científicos ha logrado producir mil 200 plantas, que se han repartido en varios propietarios. Pero no todas llegan a vida adulta. “Al principio hubo mucha mortalidad. Hemos ido aprendiendo de eso, de las heladas, del tipo de suelo, de las condiciones asociadas al sitio, etc”, explica Echeverría.

Al esfuerzo de científicos y privados se unieron algunos organismos públicos (Conama, Bienes Nacionales, Conaf, Seremi de Agricultura y Municipalidad de Carahue), con el objeto de buscar en forma conjunta estrategias de conservación de estos bosques y además tener una herramienta exitosa a aplicar en la restauración de otras especies, como el alerce.

Por el momento, el sueño de estos científicos es seguir desarrollando el poblado de estas coníferas a una escala mayor, sensibilizando a la comunidad local y consiguiendo nuevos fondos que les permitan continuar con su tarea. “Nos preocupa en especial la araucaria del sur de la Cordillera de Nahuelbuta porque presenta diferencias genéticas que la hacen única, distinguiéndose de la que crece en el resto de Chile y Argentina. Además, estamos felices de haber realizado esta actividad con niños, pues ellos están ávidos de aprender e informarse. Eso nos motiva para seguir trabajando, seguir consiguiendo fondos y seguir realizando esta recuperación del bosque”, indicó.

Fuente: www.lanacion.cl